lunes, 29 de noviembre de 2021
Erotismo revolucionario
Los que siempre lloran
(Relato erótico del apocalipsis)
Por esa época tenía varias novias, circunstancia que atribuía a mi exposición como líder de una banda de rock, pero no todo flotaba en las mieles del sexo fácil y sin compromiso, porque había conocido una pibita de dieciséis años, que no podía quitarme de la cabeza. Tampoco era un tipo tan experimentado en las lides amorosas, sin embargo conocía bastante sobre polleras cortas, a pesar de mis diecinueve años.
Mi viejo me daba el auto los viernes y sábados por la noche, porque lo habíamos acordado después de prestarle algo de dinero para comprarlo. La primera vez que me aparecí en la casa de ella con el auto, la madre le prohibió que subiera, pero una semana más tarde, y después de que entré en la casa y conocí a la familia, comenzó a dejarla salir conmigo hasta las doce de la noche. No era como las chicas que habitualmente subían a mi auto, porque la mayoría de las veces, sin mayores preámbulos, terminábamos en un telo y con ella no había caso, pero esa negativa a entregarse me permitió descubrir que había algo que la excitaba sobremanera, al punto de acabar entre mis manos cada vez que la tocaba. Le encantaba hacerlo en el auto, y a mí más, imaginándola desnuda en el asiento del acompañante, le dediqué varias pajas, después, inclusive, de haber cogido varias veces seguidas. La primera vez que le corrí la bombacha, una muy pequeña de algodón rosa y con bordados que simulaban pececitos, estábamos frente a la puerta de su casa, y faltaban quince minutos para que la hermanita viniese a golpear la ventanilla del auto, para avisarle que ya debía entrar. Recuerdo que mientras la besaba, metí una mano por debajo de su remera y tomé uno de sus senos levantando apenas el corpiño. Sentir su pezón erecto entre mis dedos me provocó una considerable erección, que ella acarició con torpeza sobre mi jean. Se estaban empañando los vidrios del auto, por lo que encendí el aire acondicionado para evitar que su madre, que estaba seguro nos vigilaba desde alguna de las ventanas de la casa, saliese antes de lo previsto.
No tenía una pollera muy corta, pero era de bambula y el sólo hecho de rosar esa tela con mis manos me excitaba. Le llegaba a la mitad de los muslos, por lo que meter mi mano izquierda por debajo de su falda, me había resultado una tarea sencilla. Aquí quiero exponer mi teoría sobre los zurdos y el amor sobre un auto, porque a mí, que soy zurdo, me resultaba muy cómodo franelear con mi compañera reclinándome hacia el lado derecho, imaginando que si estuviese viviendo en Inglaterra, demostraría con facilidad la teoría, entrevistando a los diestros que hacen el amor en sus autos.
Bien, y volviendo al auto, los vidrios empañados y el amor. Observé el reloj en el tablero y aún me quedaban cinco minutos, por lo que le quité la bombacha, me recliné entre sus piernas y comencé a lamer su vagina. Después de un impetuoso orgasmo le alcancé la bombacha, se la volvió a poner y segundos después la hermanita golpeaba el vidrio de la ventanilla. Me despidió con uno de los besos más dulces que nunca nadie antes me hubiese dado, y se dio vuelta una vez para mirarme, antes de cerrar la puerta para siempre.
Esa noche, regresando a mi casa, decidí dar una última vuelta por Hurlingam, por si alguno de mis amigos andaba por ahí a la deriva. No encontré a nadie, por lo que seguí por Roca hasta Márquez, a una aceptable velocidad para mi edad, había encendido el estéreo para escuchar el último cassette que había grabado con la banda.
De verdad, no escuché la voz de alto ni vi el puesto de control a mi derecha, antes del cruce de avenidas. Tampoco sentí el balazo en la nuca, ni el llanto ni el odio que vino después. El comunicado de la dictadura fue terminante: “Se le dio la voz de alto y no acató, por lo que se procedió con el protocolo habitual en época de guerra”.
Esa fue la primera vez que me mataron, después vinieron varias más y en distintos años, pero como yo ya estaba muerto, ni ella ni yo sufrimos tanto como aquella primera vez.
Autor: Juan Romero
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